¿Quién manda a quién?

Por: Denisse Urizar Comte | 16 de diciembre de 2011 | Temas: Opinión, Opinión.
¿Quién manda a quién?

Interesante postura. Me encuentro observando un cuadro bastante peculiar a estas altas horas de la madrugada. El parque central de Antigua Guatemala, iluminado por la víspera navideña con luces y un aire de diciembre que se respira una vez al año nada más. Me percato de la presencia de unas personas que interactúan a mitad de la calle.

Me siento transportada de repente a aquel show de televisión de los noventas: “Who’s the boss” o “Quién manda a quien”, en español. Si alguna vez lo vieron recordarán que en esa casa convivían distintos tipos de jerarquías familiares y ninguna conseguía ponerse de acuerdo en quién ponía el orden y quién rompía las reglas, aunque al final fuera todo por igual. Salgo de esa imagen mental para estar parada nuevamente en la puerta y ver a un grupo de personas en conversaciones un tanto elevadas y acaloradas frente a mí.

Hay dos radio patrullas de la policía nacional civil con luces de emergencia y un automóvil de la policía de tránsito que tienen atrapado en el medio a un vehículo particular. Una bulliciosa conversación entre aproximadamente ocho jóvenes y cuatro policías de la PNC sin tomar en cuenta a los de tránsito. Puedo rescatar partes de la conversación en la cual los policías están por multar a estas personas por estar ingiriendo bebidas alcohólicas y haciendo desorden en la vía pública. Con unas risas y comentarios sarcásticos, los particulares se refieren a la situación como desconocida, pues no son locales de esta ciudad. Dicen, en repetidas ocasiones, que a ellos jamás se les ha informado sobre el propio consumo de bebidas en los establecimientos y sobre la prohibición de hacerlo en lugares públicos. Los policías ríen y siguen en el mismo argumento.

Hay un joven que pareciera ser el portavoz del grupo que insiste en recalcar que los policías solo hacen su trabajo. Entre adulaciones y halagos hacia los policías sobre el trabajo que estos hombres realizan, éste joven dirige y lidera la conversación por sobre los agentes. Lleva la conversación entre exaltaciones y muestras de admiración continua a un punto en el cual, sin dejarse notar, pide a manera de ruego sutil que los dejen ir en paz ya que alegan ignorancia. Un poco reacios al principio se niegan los agentes, pero poco a poco van cediendo hasta llegar a una conversación amistosa con los jóvenes.

Continúan en pláticas en las cuales dos policías que parecen haber tomado las riendas de la discusión no señalan nada malo mientras los otros se dirigen miradas de duda entre ellos mismos. Posteriormente deciden dejarlos ir sin alguna multa correspondiente y los jóvenes agradecidos entre cigarros encendidos y pláticas secretas entre ellos se suben a sus respectivos automóviles y se marchan.

Toda esta escena me deja dándole vueltas a una idea específica. Si así es con situaciones que a simple vista parecen irrelevantes por no ser de trascendencia social al no haber tenido ningún impacto o repercusiones inmediatas, ¿cómo será entonces con el resto de situaciones dentro de las cuales ellos deben actuar como si realmente estuvieran haciéndole honor al uniforme que llevan puesto?

Vuelvo a la pregunta inicial, ¿Quién manda a quien en esta situación entonces? Nos hace esto pensar entonces que solamente es necesaria la persuasión, una supuesta fachada de inocencia y un par de minutos para dejar fluir el poder de convencimiento. Y basta y sobra para crear la receta perfecta para huir de nuestras responsabilidades y no afrontar las consecuencias de nuestros actos. Esta es una muestra más que nuestras autoridades se dejan manipular dependiendo de la situación, por conveniencia o por los mismos fines lucrativos, o las famosas “mordidas”.

Pocas personas pueden presenciar este tipo de manipulación de la ley así que ¿quién realmente puede confiar en estos días en los uniformados personajes de justicia? No los culpo, yo tampoco confiaría ciegamente.

Me da miedo entonces pensar qué habría sucedido si los actores de la escena anterior hubieran sido todo lo contrario a unos jóvenes irresponsables. Que tal un sociópata descontrolado como un asesino en serie o un violador. O quizás un ladrón armado. Creo que podría aplicar la frase que en incontables ocasiones he oído de varias personas “No hay mentira pequeña ni grande, mentira es mentira no importando para que sea utilizada.” Entonces podría decir un delito es eso, simplemente un delito. No hay delito pequeño ni grande, ni grave ni leve. Tanto ingerir bebidas alcohólicas y crear desorden en la vía pública como quitarle la vida a alguien deberían ser penalizadas por las autoridades cada una acorde a lo estipulado en la ley, sin justificación alguna.

¿Qué pasa cuando la corrupción se encuentra de igual manera en manos de los ciudadanos como en los mismos funcionarios públicos? ¿Quién manda a quién?

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